El momento en que supe que me había perdido de mí
- Angelica Arauz
- hace 5 días
- 3 Min. de lectura
Hace ocho años empecé a escuchar una voz interna que me guiaba a romper mi vida y mi realidad. Mi vida giraba alrededor de mi relación de pareja y de mi familia, y mi mente no concebía romper eso. Era imposible.¿Cómo podía yo siquiera pensar tal cosa?
No quise escuchar.
Una noche, a altas horas, me encontré encerrada en el baño, llorando. ¿Por qué? No lo sabía. Solo me sentía perdida, atrapada y sin el poder de tomar una decisión.
Hacia finales de ese año me encontré en una situación inusual para mí, pero algo en mi interior me indicaba que le diera cabida, que transitara ese camino hasta el final. Ese final fue el rompimiento de mi relación con mi compañero de dieciocho años.
No quiero entrar en detalles, pero sí quiero compartir esto: nunca en mi vida me había sentido tan rota y tan perdida como en ese momento. Y, aun así, eso era exactamente lo que mi alma necesitaba.
Mi alma no dejó de guiarme. Me pedía verme así, tal cual. Me invitó a sentir cada fibra, cada grieta; a reconocer el llanto que había silenciado y normalizado. Puso maestras y guías en mi camino, quienes compartieron información para comprender lo que me estaba pasando y encontrar herramientas para reconstruirme, sanarme y volver a mí.
Clarissa Pinkola Estés, en su libro Mujeres que corren con los lobos, habla de la mujer salvaje: esa esencia que custodia la psique femenina. Yo comprendí que mi mujer salvaje me había llevado hasta ahí. Ella me había estado susurrando durante mucho tiempo, y yo no supe escuchar.
En un acto de desesperación y supervivencia, me llevé al extremo para soltar lo insostenible, porque de lo contrario mi cuerpo habría somatizado una enfermedad. Estaba hambrienta, desnutrida; estaba en los huesos. Ella me rescató.
Yo me rompí para salvarme.

Estar rota o tocar fondo da miedo, pero a veces es la única salida. Yo me reencontré, me reparé y comencé a llenarme de amor, ternura, alegría, libertad y creatividad. En ese proceso me sentí sostenida por la Madre Tierra. En medio de la selva y el mar recibí su medicina y su abrigo cálido. Ella me enseñó de qué estamos hechas, porque yo, como ella, soy de la misma esencia: cíclica y salvaje, bella y exuberante.
Ha sido un camino de desaprender para reaprender; de regular, de abrir, de soltar; de morir y de renacer.
Y mi historia lo vale. Lo vale porque regresé a mí: a mi verdad, a mi voz, a mi corazón, a mis talentos, y a descubrir una versión de mí que no sabía que existía.
Hoy continúo caminando. El recorrido de vuelta a tu verdad es infinito. Es como una flor que va abriendo sus pétalos con el calor del sol por la mañana. Sucede de a poquito y requiere presencia, devoción y constancia. No desde la exigencia, sino desde la confianza: la confianza de que cada día soy más yo, y de que descubrir eso es uno de los regalos más grandes de la vida.
En UNTAMED caminamos juntas el regreso a casa. Las mujeres estamos atravesando ese proceso de retorno, aunque muchas veces no sepamos nombrarlo. A veces, desde la desconexión, creemos que se trata de convertirnos en alguien diferente a lo que hemos sido, cuando en realidad el camino es mucho más simple —y más valiente—: darnos permiso de habitarnos tal como somos, en nuestra totalidad. Con nuestros matices, nuestras luces y sombras, nuestras partes suaves y nuestras partes salvajes. Darles espacio, sin pena y sin culpa.
Esta es una invitación a dejarnos sostener por el abrazo amoroso de la tierra y a permitirnos ser acompañadas por otras mujeres que, como tú, también están transitando el regreso hacia sí mismas. Cada una con sus talentos, con sus propios tiempos, con los ritmos suaves o intensos que la tierra nos proponga.
Si algo en estas palabras resuena contigo, quizás este llamado también es para ti.UNTMD Retreat, 8–14 de mayo, Costa Rica.
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